Iba a republicar un vídeo de política sobre un “gambazo” exagerado de los de un lado. Pero lo pensé dos veces y me pregunté: ¿vale la pena alimentar esto?
Cada día me convenzo más de algo: a muchos les viene bien una sociedad dividida y enfadada entre nosotros. Si estamos hiperpolarizados, nos peleamos entre nosotros, dejamos de ser fuertes como ciudadanía. Y mientras discutimos por bandos, se sigue haciendo, casi siempre, lo que mejor le encaja al que manda, al que se beneficia o al que simplemente al que está “apoltronado”.
Lo más triste es que muchas discusiones no son reales: son identitarias. No defendemos ideas, defendemos la camiseta. Y cuando te pones la camiseta, parece que hay que obedecer cada directriz del “equipo” como si fuera un mandamiento (o una obligación incuestionable). Y si te sales un centímetro del guion… te caen encima los tuyos antes que los otros.
A veces son cosas absurdas:
- Si eres de izquierdas, parece que no puedes llevar la bandera de tu país (que debería unirnos a todos) porque se ha asociado a la derecha.
- Si eres de derechas, parece que no puedes apoyar leyes más restrictivas contra la especulación de la vivienda, la acumulación o el uso de algo básico como negocio sin límite.
Y aquí viene lo que para mí es clave: tener tendencia hacia un lado no significa comulgar con todo lo que diga ese lado. Ni mucho menos con lo que diga un partido concreto.
A este escenario hay que añadir otro factor clave: la conveniencia (o comodidad) de los medios informativos.
Cada lado tiende a informarse únicamente a través de medios que refuerzan su visión, justifican a los suyos hagan lo que hagan y señalan siempre al mismo enemigo. El otro bando hace exactamente lo mismo.
El resultado es una burbuja informativa donde casi nadie se expone a opiniones contrarias. Muy poca gente es capaz de sentarse a leer, escuchar o ver un medio que no sea afín a su postura, cuando precisamente eso es lo que más enriquece: conocer mejor los argumentos del otro, detectar sesgos propios y formar una opinión más sólida.
Informarse solo en medios “de los nuestros” no nos hace estar mejor informados, solo más convencidos de lo que ya pensábamos.

Yo tengo mis inclinaciones, claro. Pero hago cosas que a algunos “de derechas” les parecen sagradas y a algunos “de izquierdas” les parecen un delito… y también hago lo contrario. No por llevar la contraria, sino porque me parece lo más natural: pensar por mí mismo.
Lo comparo con el fútbol porque es donde se ve clarísimo:
- Si eres del #RealMadrid y el #FCBarcelona tiene al mejor jugador del momento, ¿por qué no reconocerlo?
- Si eres del Real Madrid crees que a tu equipo le favorecen los arbitrajes, ¿por qué no decirlo?
No pasa nada por reconocer verdades incómodas. Lo que pasa es que, cuando todo se vive como una guerra cultural, la honestidad se castiga.
Mi deseo, sinceramente, es que como pueblo nos unamos más y dejemos de ser tan manipulables. Porque si esperamos cordura desde arriba, lo veo complicado: demasiadas veces se premia el ruido y el interés propio.
Y ojo: también quiero decirlo claro. Tengo amigos en política que se dejan la piel. Hay gente honesta, y hay trabajos con una disponibilidad 24/7 que no compensan con el sueldo. Pero el sistema —y el espectáculo— empuja a lo contrario: a la bronca, al titular fácil y a la división.
Esto no es exclusivo de España. Lo estamos viendo en muchos países. Ojalá vayamos hacia un modelo donde se pueda discrepar sin odiarse y donde la prioridad sea mejorar la vida de la gente, no ganar la guerra del relato. 🤝🌍
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